martes, 12 de julio de 2016

De la tierra colorada



Marcos vive en Misiones, cerca de la selva y sobre un suelo que tiñe todo de un colorado impetuoso. Sueña con ser médico y gracias a las bondades de la naturaleza puede improvisar un consultorio de medicinas naturales: carqueja para el hígado y los riñones, caqui para el colesterol alto, ambaý contra catarros y bronquitis y mburucuyá, una passiflora con fuertes funciones analgésicas y sedantes. 

Con tan sólo 12 años, Marcos posee una gran habilidad para la persuasión y una pasión innata por sanar a los demás. A través de sus palabras construye un discurso que encanta por su mirada humanitaria, con ambiciosas (pero caritativas) pretensiones: ¡Voy a ser el mejor médico de Misiones!, anuncia. 

Las diferentes hierbas que consigue le permiten ayudar con su trabajo a su humilde familia. Pero además de magullarse las manos diariamente, pone su atención en la escuela a la que asiste. Ahí, en ese barrio color verde y rojo, un niño lleva a cuestas la mochila repleta de ilusiones y ganas de estudiar, de crecer y de ayudar. 

La situación es bien sencilla: entre sus amigos, él y unos cuantos pies descalzos, buscan las hierbas escondidas en la selva, obtienen las dádivas que les regala la tierra y empiezan la tarea más ardua que consiste en vender todo lo recolectado. En ocasiones, también venden piedras que encuentran entre las calles escondidas de su barrio: piedras mágicas que sanan el empacho, el dolor de cabeza y la fiebre. 

Unos cientos de kilómetros más lejos, Renata prepara su equipaje. Ya está acostumbrada. Unas cuantas remeras, jeans, zapatillas, algún abrigo y ya. Le entusiasma conocer las Cataratas porque escuchó por ahí que son... algo así como majestuosas. "Sí, majestuosas, imponentes...", le dijo su mamá. Pero en fin, quiere verlo, quiere comprobarlo con sus propios ojos, aunque a esta altura no cree que le sorprenda nada.

Una vez allí, intentó ignorar la pobreza que rondaba por aquellos pueblitos olvidados. Evitó mirar las calles de tierra, los niños sucios y desprolijos, las casitas de madera y chapa. Esquivó los ojos implorosos que la observaban como reclamándole algo. Y de tanto rehuirlos, no pudo contra las palabras de Marcos, y tuvo que escuchar. "Hola familia, les ofrezco la mejor chirimoya  de la provincia de Misiones. Ni se imaginan lo que es: le cura los riñones, la acidez, la vesícula, el colesterol...”

Los padres de Renata siguieron andando. No le respondieron, ni siquiera lo miraron. Era una parte más del paisaje, una parte que les molestaba porque ellos estaban sumergidos en un mundo de fantasía, de viajes caros, de hoteles de lujo y de comida pedida a la habitación. Renata lo sabía. Sabía que ellos evitaban mantener contacto con "esa gente". Gente del interior. "Incultos", le decía su mamá.  Pero ella, que afortunadamente aún tenía un corazón cálido, se estremeció al escuchar a Marcos. "Tengo muchos conocimientos sobre plantas medicinales... yo quiero ser médico porque quiero ayudar a la gente, quiero salvar muchas vidas. ¿Vos qué querés ser?", le preguntó con una sonrisa tímida. "No... no sé", le respondió Renata. No sabía qué quería ser pero sabía que sus padres eran médicos. Que sus padres, que tanto sobreestimaban y engrandecían su tarea diaria de ser médicos admirables y prodigiosos, habían estudiado lo que Marcos quería. Que sus padres, tan humanamente buenos y correctos como médicos, miraban con desdén y desprecio a un chico descalzo. 

-Renu... dale que nos vamos- le gritó su papá.
-Chau, me tengo que ir...- le dijo Renata mientras le agitaba una mano. 

Marcos se quedó con su bolsita de hierbas mirando cómo se alejaban. Siguió su camino, susurrando por lo bajo el discurso que siempre repetía mientras pensaba que no sería el mejor médico de Misiones, sino de todo el país. 






jueves, 9 de junio de 2016

Sobre dejar ir



Te lloré durante dos meses. Meses que se hicieron eternos mientras yo me debatía entre olvidarte y hacer mi vida o esperar un sesgo de arrepentimiento de tu parte. Finalmente, nos vencieron los errores, nuestros errores. Aunque debo admitir que lo que más me dolió no fueron esos días infinitos en que te veía hasta en mis sueños, ni las fotos que tuve que tirar, o los regalos que aún miro y me hacen poner nostálgica. No me dolió tanto dejar de darte besos o mirarte dormir. 

Lo que sí me dolió, lo que sí me rompió el corazón fue darme cuenta de las cosas que sé de vos y quizás muchos no saben, aunque tal vez, para esos otros no sean cosas grandiosas. Sé que te gusta el té de jengibre, el café con leche de vez en cuando pero sin azúcar y las verduras con carne al horno. Sé que te encanta jugar al fútbol y que si te dan pie te agrandás bastante pero mejor no lo digo mucho así no exagerás. Sé que tocás la guitarra -mi guitarra- con una pasión que me hacía estremecer y me daban ganas de escucharla escondida detrás de la puerta. Sé que a veces te duele el estómago por todas esas palabras que te guardás y nunca soltás. Sé que sufrís en silencio, porque mejor cerrarse a demostrar verdades. Sé que te gustan los animales, la montaña, el color verde, la barba larga y la madera recién lijada. Preferís un buen helado (de chocolate, por favor), una peli de cine independiente (nada de pavadas de hollywood) y un vino de los caros (yo quería de los berretas porque gastar más de 100 pesos en un vino me parecía una locura). 

Mientras yo te pedía ramos de flores vos insistías en querer regalarme macetas con plantas porque "las flores estaban muertas".

Mientras yo te perseguía por toda la casa con mi manía del orden, vos dejabas las zapatillas en cualquier lado, las remeras hechas un bollo y las medias.. ¡uff, las medias! una de cada color. 

Mientras vos querías recorrer lugares en bicicleta, yo te decía que quería saltar en paracaídas.

Mientras vos trabajabas en tu taller, yo te miraba por la ventana con una sonrisa tímida que se me dibujaba cuando admiraba tu paciencia.

Esos detalles, esas simplezas de todos los días son las que voy a extrañar. Porque saber todo esto exige tiempo. Tiempo sagrado que no muchas personas se atreven a esperar. A sentir. A compartir. Y sí, quizás me equivoqué. Pero ahora ya no puedo juzgarme. Ni juzgarte. Ni juzgarnos. Me queda el ¿alivio? que dejan los recuerdos. Porque ahí están. Presentes para cuando quiera acordarme que los viví. 





domingo, 22 de mayo de 2016

Despedida


"Perdonáme", le dice Miguel mientras llueve. "Perdonáme pero no sé qué me pasa". Y ella ya sabe. Ya sabe lo que viene después porque cual déjà vu empieza a recordar momentos en los que sintió lo mismo, en los que escuchó palabras idénticas. Inevitablemente piensa que podría ser un mal sueño, uno de esos que la han dejado angustiada en la mitad de la noche deseando tener la compañía de alguien que le prepare un té. 

Pero no. Ahí están. Aunque no se reconozcan son ellos. Los de siempre. Los que se pensaron eternos en la inmensidad de la vida. Próximos pero rezagados por un muro invisible que no les permite reencontrarse en este mar de sentimientos ahogados.  

De fondo, una canción:

Mirarte a los ojos, y tal vez recordarte, 

Que antes de rendirnos fuimos eternos.



miércoles, 30 de marzo de 2016

El pucho



El lugar indicado para finalizar el día siempre era la terminal. En ese tumulto de gente, buscábamos algún espacio vacío para sentarnos, despojarnos de las decenas de revistas sin vender y dividirnos las pocas monedas que guardábamos en los bolsillos.  

Hoy no fue la excepción. Aprovechamos un banco libre para hacer nuestro ritual diario, contar lo que habíamos recaudado y marchar cada una a su casa antes de la medianoche. Mayra estaba cansada. De sus pies descalzos habían brotado profundas lastimaduras que se irían haciendo ampollas con el correr de los días. Andrea, en cambio, seguía con ánimos, a pesar de las malas ventas de la jornada. Yo las miraba mientras hablaban y se prendían un pucho. Fumaban con ganas, desprendiéndose del humo como si se liberaran de algo, como si soltaran las cadenas de esta vida miserable. 

Dejé mi cigarrillo para fumarlo después. Nos había costado demasiado que un señor gordo y con muchos anillos en los dedos nos convidara -después de insistir- tres cigarrillos. A Mayra la miró de arriba abajo y susurró algo que no entendí del todo. Festejamos nuestro triunfo y nos fuimos apuradas porque uno nunca sabe con estos tipos. 

El día había sido una mierda. Logramos vender cinco revistitas de porquería y no sabíamos con qué cara íbamos a volver a casa. A medida que fue pasando el tiempo, Andrea comenzó a inquietarse. Le pregunté qué le pasaba y me contestó que estaba esperando los cachetazos del padre y los griteríos de su madre alborotada por la poca guita. Mayra, preocupada, pensaba en cómo iba a conseguir un par de zapatillas para el día siguiente: descalzas la rutina era un martirio. Yo sólo me detuve a escucharlas. Miré atenta sus caras agotadas, sus pelos sucios y despeinados, sus manos con hollín. Pensé en el día que había pasado. Haciendo lo que solíamos hacer, recorriendo la ciudad sin ganas de nada, sólo con la certeza de que de algo teníamos que vivir. 

Pero, acaso, ¿es esto vivir? Si esto es la vida, si esto es la felicidad y toda esa sarta de boludeces de las que hablan las propagandas y los carteles de la calle, disculpen pero no la quiero. No quiero esta vida. No quiero esta remera agujereada, ni estas zapatillas que me mojan los pies los días de lluvia. 

No quiero la vida. No quiero esta vida porque no tengo. No tengo más que este cigarrillo guardado que me espera escondido en el bolsillo. Un cigarrillo. Un mísero cigarrillo que me alarga la calma antes de volver al infierno.




lunes, 7 de marzo de 2016

Crónicas de la ciudad I



Tenía que esperar. Esperar por algún rincón de las calles habitadas del centro de Rosario. Esperar en un escalón, en un banquito disponible, o simplemente, esperar de pie por aquellas esquinas que están asaltadas de gente que se mueve sin parar, como si no hubiera un mañana. 

Tenía que esperar mientras las lágrimas caían por su rostro. Entró a un bar para refugiarse. El sol ardiente del mediodía no la tentaba ni un poquito así que se decidió por tomar algo fresco y despejarse mientras el mundo afuera seguía andando. El lugar estaba bastante ocupado aunque todavía quedaban unas cuantas mesas vacías. Se sentó al fondo y pidió una gaseosa. Sacó de su cartera un pequeño espejo y se asombró de su cara de insomnio y de sus mejillas aún húmedas por los estragos de la angustia. Mientras miraba alrededor, comenzó a revisar el celular como todo aquél que no sabe qué hacer ni en dónde retener la mirada por unos instantes.  

De repente, una nena con rostro alegre y sonrisa fácil le tocó el brazo y la miró con un par de ojos color azabache que llamaron su atención. "Ay, ¿me comprás?", le dijo. Y en ese "ay" estaban retenidas las peripecias de una mañana casi sin ventas, con cansancio y con ganas de sacarse de encima ese arsenal de biromes que tenía que vender. Dolores le contestó que sí, que le compraba una. Inmediatamente se sentó en la silla que estaba a su derecha y sacó una servilleta de la mesa. "Mirá, te la voy a probar para que no te arrepientas...", le dijo y se puso a escribir sobre el papel. "La ka, la e, la ele... ay no, no, no, me confundí. La ka, la e, la i, la ele y la a. Ahí está, mirá". Mientras le mostraba su nombre dibujado, le sonreía con unos pocos dientes, vestigios de la infancia que significan ternura e inocencia.

A pocos metros de distancia, una nena lloraba desconsoladamente porque su madre le había comprado sólo un libro, cuando ella quería dos. Sus lágrimas caían impetuosas y sus pequeñas manos no se cansaban de apartarlas. Cuando percibió que la estaban mirando, el llanto afligido se convirtió en un sollozo tímido. Las miradas de ambas niñas se atravesaron, y cada uno de sus universos, de sus realidades, de sus infancias asestadas de imágenes distintas, se cruzaron. 

La niña que lloraba la miró a Keila y se aferró fuerte a una muñeca que llevaba con ella. Keila se acomodó en la silla, se puso seria y susurró: "¿Está llorando por un libro?". Esbozó una sonrisa pícara esperando una respuesta. "La verdad que no sé, capaz que le pasó otra cosa", le dijo Dolores. La nena le hizo un gesto con los ojos y la boca mientras levantaba sus hombros y sentenció: "¡Qué loca llorar por eso!". Después de recoger sus biromes, la saludó diciendo que tenía que seguir vendiendo en las mesas que se llenaron. 

Dolores la vio alejarse con sus zapatillas desgastadas y un pantalón que mostraba sus tobillos. Se sintió una egoísta por haberle comprado sólo una birome. Quedó sentada con un vaso de gaseosa, observando cada uno de esos mundos totalmente distintos. Pensó en cuán complicados somos: cuando tenemos lo suficiente, nos ponemos mal y queremos más, y cuando nos falta mucho aprendemos a ser felices con lo poco que tenemos. Tomó el último trago acordándose de por qué lloraba antes de llegar hasta ahí, mientras pensaba en las palabras de Keila: ¡qué loca llorar por eso!