De la tierra colorada



Marcos vive en Misiones, cerca de la selva y sobre un suelo que tiñe todo de un colorado impetuoso. Sueña con ser médico y gracias a las bondades de la naturaleza puede improvisar un consultorio de medicinas naturales: carqueja para el hígado y los riñones, caqui para el colesterol alto, ambaý contra catarros y bronquitis y mburucuyá, una passiflora con fuertes funciones analgésicas y sedantes. 

Con tan sólo 12 años, Marcos posee una gran habilidad para la persuasión y una pasión innata por sanar a los demás. A través de sus palabras construye un discurso que encanta por su mirada humanitaria, con ambiciosas (pero caritativas) pretensiones: ¡Voy a ser el mejor médico de Misiones!, anuncia. 

Las diferentes hierbas que consigue le permiten ayudar con su trabajo a su humilde familia. Pero además de magullarse las manos diariamente, pone su atención en la escuela a la que asiste. Ahí, en ese barrio color verde y rojo, un niño lleva a cuestas la mochila repleta de ilusiones y ganas de estudiar, de crecer y de ayudar. 

La situación es bien sencilla: entre sus amigos, él y unos cuantos pies descalzos, buscan las hierbas escondidas en la selva, obtienen las dádivas que les regala la tierra y empiezan la tarea más ardua que consiste en vender todo lo recolectado. En ocasiones, también venden piedras que encuentran entre las calles escondidas de su barrio: piedras mágicas que sanan el empacho, el dolor de cabeza y la fiebre. 

Unos cientos de kilómetros más lejos, Renata prepara su equipaje. Ya está acostumbrada. Unas cuantas remeras, jeans, zapatillas, algún abrigo y ya. Le entusiasma conocer las Cataratas porque escuchó por ahí que son... algo así como majestuosas. "Sí, majestuosas, imponentes...", le dijo su mamá. Pero en fin, quiere verlo, quiere comprobarlo con sus propios ojos, aunque a esta altura no cree que le sorprenda nada.

Una vez allí, intentó ignorar la pobreza que rondaba por aquellos pueblitos olvidados. Evitó mirar las calles de tierra, los niños sucios y desprolijos, las casitas de madera y chapa. Esquivó los ojos implorosos que la observaban como reclamándole algo. Y de tanto rehuirlos, no pudo contra las palabras de Marcos, y tuvo que escuchar. "Hola familia, les ofrezco la mejor chirimoya  de la provincia de Misiones. Ni se imaginan lo que es: le cura los riñones, la acidez, la vesícula, el colesterol...”

Los padres de Renata siguieron andando. No le respondieron, ni siquiera lo miraron. Era una parte más del paisaje, una parte que les molestaba porque ellos estaban sumergidos en un mundo de fantasía, de viajes caros, de hoteles de lujo y de comida pedida a la habitación. Renata lo sabía. Sabía que ellos evitaban mantener contacto con "esa gente". Gente del interior. "Incultos", le decía su mamá.  Pero ella, que afortunadamente aún tenía un corazón cálido, se estremeció al escuchar a Marcos. "Tengo muchos conocimientos sobre plantas medicinales... yo quiero ser médico porque quiero ayudar a la gente, quiero salvar muchas vidas. ¿Vos qué querés ser?", le preguntó con una sonrisa tímida. "No... no sé", le respondió Renata. No sabía qué quería ser pero sabía que sus padres eran médicos. Que sus padres, que tanto sobreestimaban y engrandecían su tarea diaria de ser médicos admirables y prodigiosos, habían estudiado lo que Marcos quería. Que sus padres, tan humanamente buenos y correctos como médicos, miraban con desdén y desprecio a un chico descalzo. 

-Renu... dale que nos vamos- le gritó su papá.
-Chau, me tengo que ir...- le dijo Renata mientras le agitaba una mano. 

Marcos se quedó con su bolsita de hierbas mirando cómo se alejaban. Siguió su camino, susurrando por lo bajo el discurso que siempre repetía mientras pensaba que no sería el mejor médico de Misiones, sino de todo el país. 






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