De ruido y de silencio


Los primeros meses siempre son tranquilos, con algunos síntomas, claro. "Descansá mucho que es normal que te sientas cansada", te dicen los que saben y los que no también. Un día te levantás y tu cuerpo ya no es el mismo. Ni tu cuerpo, ni tu cabeza, ni tus ganas de comer o de dormir. "Yo pensé que estar embarazada era como en las películas", me dice Belén, una amiga. "Que te veías re diosa, con vestidos divinos y la panza que se asoma".

La entiendo. Yo también me imagino embarazada como las modelos de las revistas, mostrando sus piernas kilométricas y una panza que deslumbra en todas las fotos artísticas. Me lo imagino. Aunque nada más lejos que eso. Si nos embarazamos que sea real, por favor. 

Real. Como las más de 40 semanas que Belén llevó su panza a cuestas. Palpitando los últimos meses con un verano insoportable en Rosario y una humedad que te regalo. Nervios, impaciencia y nuevas novedades del mundo materno se hicieron un banquete. Cada vez que la visitábamos -en manada siempre- volvíamos con un dato nuevo que jamás nadie nos contó sobre tener hijos y todas esas cosas de un mundo desconocido. "Cómo pasa el tiempo", nos decíamos entre suspiros cuando nos íbamos de su casa. 

Real. Como el cansancio, las estrías, las ganas de comer helado -mucho-, los pies hinchados que se hartan de caminar. Real, también, como que te cedan el asiento en el colectivo y te dejen pasar en la cola del supermercado (amén por esas bondades circunstanciales.)

Real. Como una salida forzada al mundo. Porque no hay dudas de que adentro de ese cuasi cubículo acogedor y entrañable estábamos más cómodos, sin problemas ni preocupaciones, que en este universo al que nos sacaron para respirar y otras cuantas cosas más. 

-¿Qué hago? ¿Qué hago, Belén?- le dice el nuevo padre aprendiz mientras Cami llora, llora buscando eso que todas sabemos qué es. 

"Dar a luz", dicen muchos cuando hablan de ese momento crucial, el del parto. Dar a luz. Nunca mejor dicho. Una luz morada que viene de un mundo acuático, mundo de silencio, gritando a viva voz su llegada. Como si supiera -sabe- que el ruido es propio de este mundo y que el silencio -bendito silencio- aparece en los sueños que la cobijan mientras sus manos reposan sobre su cuerpecito tibio.  De ahí en más, sólo una certeza: la paz existe cuando la miramos dormir y su boca suspira amor.

-¿Qué hago? - dice, mientras el mundo parece detenerse en esas palabras que invocan temor por lo nuevo. La maravilla de la vida se esconde en esos intervalos infinitos que deberían ser eternos.

-Traela que capaz quiere teta - dice Belén, y no sabe si abrirse el pecho o simplemente tomarla entre sus brazos hasta que nuevamente se quede dormida. 

Él se la alcanza con manos temblorosas, como puede, mientras ella la toma y la acurruca en el hueco materno, ese que existe debajo de su cuello, ahí precisamente sobre su pecho. Pecho de amor. Pecho de mamá. Eso es lo que buscaba. 

"¿Qué hago?", pienso yo, testigo de ese instante que roza lo fantástico de tan maravilloso. ¿Qué hacer cuando la vida te regala momentos como éste? 





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