martes, 27 de septiembre de 2016

Contemplación

"Pero a veces no hay nada, 
salvo la mirada pura, 
la mirada en que latimos..."
Roberto Juarroz


Se había cambiado de asiento dos veces porque las ventanas del lugar eran tan grandes que el sol inevitablemente se filtraba cada vez con mayor afán. Las cortinas, sucias y descosidas, ni siquiera podían correrse como una cortina se corre. Sólo permanecían inmóviles a los costados de la luz, sin poder tapar ese calor que le hacía acobardar los ojos. 

De repente, los vió entrar como si nada. Hablando, quizás de trivialidades, como hacen las personas que entran a un lugar colmado de gente y quieren evitar tantas caras extrañas mirando a la vez. Uno entra. Tira palabras al aire, clava la mirada en ningún punto fijo, sostiene la puerta hasta que pasa la mujer y encuentra alguna mesa vacía en la que el sol no moleste. 

Se sentaron a cinco mesas de distancia. Hablaban entre ellos y cada tanto largaban una risa de esas que surgen obligadas. Como si ese simple gesto de apoyar el brazo sobre la mesa y la mano sutilmente sobre la mejilla izquierda, sólo sea una hipocresía para demostrar interés. Estaba claro: no se querían. Pensó también que apenas se conocían. Bajó la mirada y siguió envuelta en lo que estaba haciendo: terminar de escribir cuestiones que la psicóloga le había dejado para hacer; un listado de metas y objetivos. "No sé ni que voy a almorzar...", pensó.

En ese éxtasis de inspiración, levantar la cabeza se hace oportuno. Cuando se detenía por un instante, los miraba. Ellos, tan asquerosamente tiernos. Ella, tan asquerosamente sensible. Volvió a concentrarse en sus cosas. Las palabras "metas personales" se repetían en una sucesión de renglones. Largó un suspiro y en ese devenir de segundos ahogados sintió una mirada que la atravesaba. Levantó la vista mientras el sol seguía avanzando casi encima de ella nuevamente. El hombre la contemplaba desde lejos, disimulando claro, para que la fastidiosa mujer que lo acompañaba no se diera cuenta. O se diera cuenta pero no encontrara los indicios evidentes de que él estaba mirando a otra.

Al dar vuelta la hoja se tropezó con los renglones pertinentes a largo plazo. Cinco años es a largo plazo, pensó. Para hoy tenía fideos con salsa de anoche. Eso sí que solucionó. Mientras seguía escribiendo, la desconcertó un halo de perfume espeso y dulce. Tan dulce que pensar en fideos con salsa terminó por revolverle el estómago matinal. Unos pasos de mujer atravesaron el pasillo del lado izquierdo, y un pañuelo de colores se movía al ritmo de esa caminata impetuosa. Miró al costado y vio cruzar a la mujer que estaba sentada junto al hombre. Casi automáticamente sus ojos se posaron en él. Sentado con un vaso en la mano, mirándola sin tapujos, declarándole su amor a la distancia.

Sumergida en esas oraciones que pretendían manifestar sus ambiciones personales, en un abrir y cerrar de ojos, el hombre estaba frente a ella. La miraba con ojos entregados, como quien se rinde ante la misiva de saber que hacía tiempo esperaba ese instante. El hombre apoyó sus manos sobre la mesa. Mientras sostenía su mirada, ella alcanzó a creer que sencillamente no parpadeaba, que de sus pupilas surgía una luz que no podía esquivar.

Sabiéndose atrapada en ese ir y venir que regala una mirada; encontrándose viva; imaginándose mañanas aletargadas por la bienvenida de hallarse; pensándose inocente y culpable ante la víspera de algo que la conmueve; sintiéndose asquerosamente sensible. El mundo se detiene mientras se miran. Como si no hubiera más gente que ellos; como si no importaran ni las cortinas sucias y descosidas, ni el sol atravesando cada ventanal; como si el lugar estuviera desierto de pasos ruidosos y voces que congelan corazones; como si del pasillo del fondo no saliera la mujer que acompaña a aquel hombre misterioso.

Ellos se miran. Y ahí, sobre la mesa, reposan los papeles de ella. Esos que guardan escondidos todo lo que alguna vez supo soñar.



viernes, 23 de septiembre de 2016

El amor, por Lila Biscia

¿no habrá nunca nadie que desee beber nuestras lágrimas? (…)
yo beberé tus lágrimas.
 La obsesión de vivir.
José Sbarra


¿En qué momento dejamos de creer que el amor es posible? ¿cuándo se nos esfumó la ilusión de que podíamos todo, a pesar de todo?
¿Cuándo nos asustamos tanto, que decidimos que la huida es el mejor camino?
¿Qué día comenzamos a mentirnos y a simular que la búsqueda es interminable, solo porque no somos capaces de confesarnos que a nuestras búsquedas, las transformamos en infructuosas  simplemente por cobardía?

¿Algún día seremos capaces de poner nombre a nuestras ausencias, de dibujar el cuerpo del vacío, de llorar hasta desintegrarnos, y sencillamente: desintegrarnos?

¿Qué camino será ante el que no pongamos el propio freno?
¿En qué lugar del mundo nos atreveremos a decir basta: te encontré, no quiero moverme de tu lado? ¿Dónde está la piel que nos reconozca, el cuerpo que al tocarlo sea nuestro descanso, la risa que nos haga sentir en casa?


¿Cuál va ser el beso que nos devuelva la respiración? ¿Dónde está la mano que al tomarla nos salve de ésta jungla, y de la nuestra, y de nuestras propias bestias?

¿Cuándo vamos a ser capaces de decir que nos amamos, sin miedo? ¿cuándo pronunciaremos el amor sin espera? ¿Cuándo seremos lo suficientemente valientes para decir “te amo” sin que la respuesta signifique más que nuestra entrega?


¿Existe quien nos permita darlo todo? ¿Quien se abra desde lo más puro de su carne? ¿Quien no sienta que dar es pérdida? ¿Aquel que nos devore los labios y las palabras y que a pesar de eso, nos deje íntegramente nosotros?


“¿no habrá nunca nadie que desee beber nuestras lágrimas?


yo beberé tus lágrimas.”

domingo, 21 de agosto de 2016

Palabras mudas



Cuando me sentía mal instantáneamente me daban ganas de escribir. No sé bien a quién o por qué, pero necesitaba sacar algo de eso que estaba oculto. Un "algo" que se reducía a meras palabras escritas en algún cuaderno borrador escondido. 

A veces sacaba mis hojas y biromes en el colectivo, o en algún aula de la facultad. Nunca me faltaban las noches de insomnio intentando reflexionar como si eso me diera una respuesta válida. Una respuesta que solucionara la angustia. (Me gustaba llamarlo angustia porque el dramatismo me hacía sentir protagonista de una novela de Nabokov, o de Murakami, o de García Márquez.)

Alguien una vez me dijo que no todo puede ponerse en palabras. Que a veces hace falta el silencio atroz. Y lo adjetivo así, "atroz", porque el silencio no puede ser otra cosa más que eso: cruel e implacable. Después alguien vino a decirme que la ausencia de una respuesta, es decir ese silencio atroz, también era una respuesta. Y ahí fue cuando me dí cuenta que verbalizar era sólo mi manera de vivir, de ver mi aprendizaje diario, de sentir apasionadamente como siempre lo hice. 

Expresarme siempre fue poner en palabras. Poner en palabras siempre fue mi forma de sentir con el corazón abierto, con el alma en pleno vuelo. Así es como veo la vida misma: cantando al aire mis certezas, mis decepciones y mi amor infinito. 

Cuando me encuentro con tus promesas silenciosas, con tu discurso sin brillo, con tus palabras mudas, me quedo pensando en que prefiero mis hojas escritas, mis tachaduras, mis biromes de color que adornan mis ilusiones, mis flechas de idas y vueltas, mis dibujos al margen de la hoja y, sobre todo, la posibilidad de volver a empezar una nueva página. 

martes, 12 de julio de 2016

De la tierra colorada



Marcos vive en Misiones, cerca de la selva y sobre un suelo que tiñe todo de un colorado impetuoso. Sueña con ser médico y gracias a las bondades de la naturaleza puede improvisar un consultorio de medicinas naturales: carqueja para el hígado y los riñones, caqui para el colesterol alto, ambaý contra catarros y bronquitis y mburucuyá, una passiflora con fuertes funciones analgésicas y sedantes. 

Con tan sólo 12 años, Marcos posee una gran habilidad para la persuasión y una pasión innata por sanar a los demás. A través de sus palabras construye un discurso que encanta por su mirada humanitaria, con ambiciosas (pero caritativas) pretensiones: ¡Voy a ser el mejor médico de Misiones!, anuncia. 

Las diferentes hierbas que consigue le permiten ayudar con su trabajo a su humilde familia. Pero además de magullarse las manos diariamente, pone su atención en la escuela a la que asiste. Ahí, en ese barrio color verde y rojo, un niño lleva a cuestas la mochila repleta de ilusiones y ganas de estudiar, de crecer y de ayudar. 

La situación es bien sencilla: entre sus amigos, él y unos cuantos pies descalzos, buscan las hierbas escondidas en la selva, obtienen las dádivas que les regala la tierra y empiezan la tarea más ardua que consiste en vender todo lo recolectado. En ocasiones, también venden piedras que encuentran entre las calles escondidas de su barrio: piedras mágicas que sanan el empacho, el dolor de cabeza y la fiebre. 

Unos cientos de kilómetros más lejos, Renata prepara su equipaje. Ya está acostumbrada. Unas cuantas remeras, jeans, zapatillas, algún abrigo y ya. Le entusiasma conocer las Cataratas porque escuchó por ahí que son... algo así como majestuosas. "Sí, majestuosas, imponentes...", le dijo su mamá. Pero en fin, quiere verlo, quiere comprobarlo con sus propios ojos, aunque a esta altura no cree que le sorprenda nada.

Una vez allí, intentó ignorar la pobreza que rondaba por aquellos pueblitos olvidados. Evitó mirar las calles de tierra, los niños sucios y desprolijos, las casitas de madera y chapa. Esquivó los ojos implorosos que la observaban como reclamándole algo. Y de tanto rehuirlos, no pudo contra las palabras de Marcos, y tuvo que escuchar. "Hola familia, les ofrezco la mejor chirimoya  de la provincia de Misiones. Ni se imaginan lo que es: le cura los riñones, la acidez, la vesícula, el colesterol...”

Los padres de Renata siguieron andando. No le respondieron, ni siquiera lo miraron. Era una parte más del paisaje, una parte que les molestaba porque ellos estaban sumergidos en un mundo de fantasía, de viajes caros, de hoteles de lujo y de comida pedida a la habitación. Renata lo sabía. Sabía que ellos evitaban mantener contacto con "esa gente". Gente del interior. "Incultos", le decía su mamá.  Pero ella, que afortunadamente aún tenía un corazón cálido, se estremeció al escuchar a Marcos. "Tengo muchos conocimientos sobre plantas medicinales... yo quiero ser médico porque quiero ayudar a la gente, quiero salvar muchas vidas. ¿Vos qué querés ser?", le preguntó con una sonrisa tímida. "No... no sé", le respondió Renata. No sabía qué quería ser pero sabía que sus padres eran médicos. Que sus padres, que tanto sobreestimaban y engrandecían su tarea diaria de ser médicos admirables y prodigiosos, habían estudiado lo que Marcos quería. Que sus padres, tan humanamente buenos y correctos como médicos, miraban con desdén y desprecio a un chico descalzo. 

-Renu... dale que nos vamos- le gritó su papá.
-Chau, me tengo que ir...- le dijo Renata mientras le agitaba una mano. 

Marcos se quedó con su bolsita de hierbas mirando cómo se alejaban. Siguió su camino, susurrando por lo bajo el discurso que siempre repetía mientras pensaba que no sería el mejor médico de Misiones, sino de todo el país. 






jueves, 9 de junio de 2016

Sobre dejar ir



Te lloré durante dos meses. Meses que se hicieron eternos mientras yo me debatía entre olvidarte y hacer mi vida o esperar un sesgo de arrepentimiento de tu parte. Finalmente, nos vencieron los errores, nuestros errores. Aunque debo admitir que lo que más me dolió no fueron esos días infinitos en que te veía hasta en mis sueños, ni las fotos que tuve que tirar, o los regalos que aún miro y me hacen poner nostálgica. No me dolió tanto dejar de darte besos o mirarte dormir. 

Lo que sí me dolió, lo que sí me rompió el corazón fue darme cuenta de las cosas que sé de vos y quizás muchos no saben, aunque tal vez, para esos otros no sean cosas grandiosas. Sé que te gusta el té de jengibre, el café con leche de vez en cuando pero sin azúcar y las verduras con carne al horno. Sé que te encanta jugar al fútbol y que si te dan pie te agrandás bastante pero mejor no lo digo mucho así no exagerás. Sé que tocás la guitarra -mi guitarra- con una pasión que me hacía estremecer y me daban ganas de escucharla escondida detrás de la puerta. Sé que a veces te duele el estómago por todas esas palabras que te guardás y nunca soltás. Sé que sufrís en silencio, porque mejor cerrarse a demostrar verdades. Sé que te gustan los animales, la montaña, el color verde, la barba larga y la madera recién lijada. Preferís un buen helado (de chocolate, por favor), una peli de cine independiente (nada de pavadas de hollywood) y un vino de los caros (yo quería de los berretas porque gastar más de 100 pesos en un vino me parecía una locura). 

Mientras yo te pedía ramos de flores vos insistías en querer regalarme macetas con plantas porque "las flores estaban muertas".

Mientras yo te perseguía por toda la casa con mi manía del orden, vos dejabas las zapatillas en cualquier lado, las remeras hechas un bollo y las medias.. ¡uff, las medias! una de cada color. 

Mientras vos querías recorrer lugares en bicicleta, yo te decía que quería saltar en paracaídas.

Mientras vos trabajabas en tu taller, yo te miraba por la ventana con una sonrisa tímida que se me dibujaba cuando admiraba tu paciencia.

Esos detalles, esas simplezas de todos los días son las que voy a extrañar. Porque saber todo esto exige tiempo. Tiempo sagrado que no muchas personas se atreven a esperar. A sentir. A compartir. Y sí, quizás me equivoqué. Pero ahora ya no puedo juzgarme. Ni juzgarte. Ni juzgarnos. Me queda el ¿alivio? que dejan los recuerdos. Porque ahí están. Presentes para cuando quiera acordarme que los viví.