Contemplación

"Pero a veces no hay nada, 
salvo la mirada pura, 
la mirada en que latimos..."
Roberto Juarroz


Se había cambiado de asiento dos veces porque las ventanas del lugar eran tan grandes que el sol inevitablemente se filtraba cada vez con mayor afán. Las cortinas, sucias y descosidas, ni siquiera podían correrse como una cortina se corre. Sólo permanecían inmóviles a los costados de la luz, sin poder tapar ese calor que le hacía acobardar los ojos. 

De repente, los vió entrar como si nada. Hablando, quizás de trivialidades, como hacen las personas que entran a un lugar colmado de gente y quieren evitar tantas caras extrañas mirando a la vez. Uno entra. Tira palabras al aire, clava la mirada en ningún punto fijo, sostiene la puerta hasta que pasa la mujer y encuentra alguna mesa vacía en la que el sol no moleste. 

Se sentaron a cinco mesas de distancia. Hablaban entre ellos y cada tanto largaban una risa de esas que surgen obligadas. Como si ese simple gesto de apoyar el brazo sobre la mesa y la mano sutilmente sobre la mejilla izquierda, sólo sea una hipocresía para demostrar interés. Estaba claro: no se querían. Pensó también que apenas se conocían. Bajó la mirada y siguió envuelta en lo que estaba haciendo: terminar de escribir cuestiones que la psicóloga le había dejado para hacer; un listado de metas y objetivos. "No sé ni que voy a almorzar...", pensó.

En ese éxtasis de inspiración, levantar la cabeza se hace oportuno. Cuando se detenía por un instante, los miraba. Ellos, tan asquerosamente tiernos. Ella, tan asquerosamente sensible. Volvió a concentrarse en sus cosas. Las palabras "metas personales" se repetían en una sucesión de renglones. Largó un suspiro y en ese devenir de segundos ahogados sintió una mirada que la atravesaba. Levantó la vista mientras el sol seguía avanzando casi encima de ella nuevamente. El hombre la contemplaba desde lejos, disimulando claro, para que la fastidiosa mujer que lo acompañaba no se diera cuenta. O se diera cuenta pero no encontrara los indicios evidentes de que él estaba mirando a otra.

Al dar vuelta la hoja se tropezó con los renglones pertinentes a largo plazo. Cinco años es a largo plazo, pensó. Para hoy tenía fideos con salsa de anoche. Eso sí que solucionó. Mientras seguía escribiendo, la desconcertó un halo de perfume espeso y dulce. Tan dulce que pensar en fideos con salsa terminó por revolverle el estómago matinal. Unos pasos de mujer atravesaron el pasillo del lado izquierdo, y un pañuelo de colores se movía al ritmo de esa caminata impetuosa. Miró al costado y vio cruzar a la mujer que estaba sentada junto al hombre. Casi automáticamente sus ojos se posaron en él. Sentado con un vaso en la mano, mirándola sin tapujos, declarándole su amor a la distancia.

Sumergida en esas oraciones que pretendían manifestar sus ambiciones personales, en un abrir y cerrar de ojos, el hombre estaba frente a ella. La miraba con ojos entregados, como quien se rinde ante la misiva de saber que hacía tiempo esperaba ese instante. El hombre apoyó sus manos sobre la mesa. Mientras sostenía su mirada, ella alcanzó a creer que sencillamente no parpadeaba, que de sus pupilas surgía una luz que no podía esquivar.

Sabiéndose atrapada en ese ir y venir que regala una mirada; encontrándose viva; imaginándose mañanas aletargadas por la bienvenida de hallarse; pensándose inocente y culpable ante la víspera de algo que la conmueve; sintiéndose asquerosamente sensible. El mundo se detiene mientras se miran. Como si no hubiera más gente que ellos; como si no importaran ni las cortinas sucias y descosidas, ni el sol atravesando cada ventanal; como si el lugar estuviera desierto de pasos ruidosos y voces que congelan corazones; como si del pasillo del fondo no saliera la mujer que acompaña a aquel hombre misterioso.

Ellos se miran. Y ahí, sobre la mesa, reposan los papeles de ella. Esos que guardan escondidos todo lo que alguna vez supo soñar.



Entradas populares