lunes, 10 de julio de 2017

El cliché



Existe un momento preciso en una conversación entre amigas, en el que una le dice a la otra que quiere su opinión. Pero no lo dice así, como si fuera cosa de comentar sobre el clima u otras nimiedades. Se acomoda, se impone con una voz que no pide, sino que exige, busca las palabras adecuadas y entre guiños cómplices le echa una mirada compasiva, mientras espera escuchar la respuesta que ella desea. 

-Mi opinión es que me parece un gil.. Además, ¿cómo te bancás todo esto así nomás?- se escucha de repente, con furia, con recelo, hasta con un retumbe de tambores previos acompañando el dictamen final. Pero la embestida continúa:
-No, no, no, amiga... le estás errando feo. A mi disculpáme, pero la verdad es que pienso que estás enamorada de una ilusión.

"A mi disculpáme", dice encima, la muy forra. Claro. Porque vos no estás en mi lugar, claro, claro. Si a vos se te dio siempre tan fácil... Y sí, así cualquiera dice lo que dice, ¿no? Después de todo, ¿de qué me sirve su opinión? Si ella no lo conoce como yo, no sabe cómo es, las cosas que me dice cuanto estamos solos, lo que me promete, lo que siente conmigo, que soy especial, que no me quiere perder, que se la pasa pensando en mí... La verdad que no sé para qué le pedí opinión si ya sabía que me iba a venir con toda esta cadena repetitiva de que es un tarado, de que tengo que dejarlo, que me hace mal, que todos los días lo mismo...

Y no conforme con ello, la sabihonda, víctima de las palabras volcánicas, siguió diciendo:

-Mirá, amiga, ¿sabés qué pasa? Que vos al flaco lo perdonás como si nada, todo el tiempo. Venís, te quejás, llorás un rato, por momentos lo odiás, después lo volvés a amar y te convencés de que es el amor de tu vida, y así hasta el infinito...

Justo ahí, en ese momento de choque fatal con la realidad, todas nos queremos levantar. Levantarnos y llorar solas. Levantarnos y dejar a esa amiga que pobre, nos quiere ver bien, pero que no sabe cómo hacerlo. Porque no podemos aceptarlo. Levantarnos y que sea un sueño. Un mal sueño, de esos que te encuentran a mitad de la noche pensando en el amor. Sin darnos cuenta de que el amor es un cliché. Un cliché que no depende sólo de nosotros (y eso es lo que cuesta aceptar), un cliché  de individualidades conjuntas que deciden y eligen amarse. Un cliché egoísta porque pensamos que podemos obligar al otro a que nos ame de la misma manera. Un cliché abarrotado de situaciones que se repiten, de escenarios similares, de paisajes románticos aunque no lo sean tanto, de personajes que aman y se desenamoran, sufren, se lastiman, vuelven a quererse, a sentirse, a recordarse.

Y por ahí, quién sabe, el tiempo, sanador y milagroso, hace que una foto guardada en un cajón olvidado te haga sonreír, invocando momentos de historias pasadas que fueron felices.

El amor es un cliché. Un cliché pero sin connotación negativa. Es un cliché que nos enseña a ser más sabios, a entender, a saber lo que queremos y con lo cual no negociamos definitivamente. Porque, como leí en algún lado: "Sé que puedo vivir sin vos, pero elijo y deseo vivir con vos".



1 comentario:

Un punk ignorante dijo...

Muy bueno. Debe ser el único cliché que puede no terminar siendo monótono y aburrido (aunque muchas veces sí suceda) todo dependiendo de que cada vez sea menos cliché.

Saludos.