viernes, 15 de marzo de 2013

Sin condiciones


Nos guste o no, todo el tiempo imponemos condiciones. Nuestras condiciones. Me niego a pensar que hay gente que ama sin condiciones como si fuera posible algo semejante. Quizás suene demasiado ostentoso para los que no creen en el verbo amar y todos sus derivados, pero si cambio la palabra: ¿Se puede querer sin condiciones? Me refiero no sólo al hecho de que un puente no se sostiene de un sólo lado, lo cual resulta obvio. Sino también a la cláusula que funciona como barrera y hace que nos atraigan ciertos rasgos de una persona.

La frivolidad queda a un costado en este caso. O al menos yo decido dejarla al margen. El físico y las cualidades externas no me interesan. Podemos hacer tres millones de identikit diferentes con rasgos diferentes, con características físicas diferentes y aún así sentir lo mismo por tal o cual persona. No nos enamoramos del otro a secas, nos enamoramos del mundo del otro. De su forma de ver las cosas, de distinguirlas y de apreciarlas. Sin darme cuenta estoy siendo totalmente subjetiva: Me enamoro de la forma en que el otro aprecia la vida. He ahí mi condición. Y apreciar la vida para mí significa hacer algo con ella. Hacerle el amor a la vida. Ser un apasionado.

Uno busca casi instintivamente aquella singularidad que hace a la persona especial. Admiramos eso que paradójicamente no tenemos y que por definición nos complementa. El espíritu de libertad absoluta, las proyecciones que tiene sobre el futuro y sobre su superación personal, la paz que irradia cuando mantenemos una charla o cuando simplemente nos está mirando. Miles de ejemplos me quedan chicos.
Y a la vez, solemos ser un poquito exigentes al fijarnos en detalles que, si bien a veces no son condicionantes, nos hacen largar unas cuantas carcajadas conviertiéndose, por supuesto, en la anécdota y el chascarrillo de la merienda mientras alguna larga el "Te acordás ese que...?"
Madre tenía un enamorado que se llamaba Héctor. Juro que cuando me contó sobre él me lo imaginaba cual macho cabrío, guerrero, fortachón. Un Hugh Jackman cualquiera. Pero no. Por más gracioso que resulte no era precisamente el Héctor de Troya, príncipe encargado de la defensa de la ciudad frente a la hostilidad de los aqueos. "El Héctor" era "el Hectitor". El diminutivo ya estaba indicando que no era un especimen colosal, sino más bien un chico de barrio, un buen pibe.

Las buenas intenciones del Hectitor lo llevaron a escribirle una carta de amor a mi Madre. Era una de esas declaraciones que resultan un tanto bochornosas para la pobre alma en pena que la escribió. Aunque soy de las que piensan que el que no arriesga, no gana. Así que desde hoy, el Héctor es una inspiración para mí. Lo que no resultó del todo inspirador para el corazón de Virginia fueron los errores (¿o debo decir horrores?) ortográficos que presentaba el Hectitor. Leer un libro de runas antigüas era más comprensible. Pobre, Héctor, decía Madre mientras lo recordaba. Lo que vale es la intención. Nuestro héroe de epopeya griega terminó siendo un Aquiles con tremendo talón ortográfico.

Ahora yo me pregunto, ¿seguro que lo que vale es la intención? ¿O esa intención pasa a ser condicionante para nosotros? 

5 comentarios:

Nere dijo...

Qué loco esto que pasó con Héctor, che. Lo que son las cosas aveces, eh. Increíble.

En mi caso las veces que sentí realmente amor fue porque me gustó la forma en que miraba el mundo, tal cuál decís vos, Anto querida. La forma en que afrontaba situaciones, los valores, las prioridades, las enseñanzas positivas que dejaba en mi. Y más allá de lo exterior y hasta de los años había de diferencia - en especial en el último caso, los cuales no eran pocos - así lo aceptaba.
Y te digo más, si estuviéramos juntos y el amor le hubiese ganado al no saber de su parte, sé que lo seguiría aceptando por quien es. Una hermosa persona a pesar de todo.

No sé si es amar sin condiciones esto, pero es querer al otro por lo mejor que tiene: su interior.

¡Beso grande y gracias por leerme siempre! ¡Gracias por estar ahí!

darío dijo...

Qué lindo el recorrido que fuiste haciendo. Pareciera como que lo tenías pensado -el caminito- antes de empezar a escribir, y eso no abunda. Lo del Héctor, qué linda historia hay ahí atrás. Los errores de ortografía, tu mamá queriéndolo pero no amándolo... Hay un juego entre intención y condición, me gusta. Pero más allá de las intenciones, pondría las acciones en su lugar.

Y para no ser molesto y para responder tus preguntas y las de Nere: las veces que amé no me pregunté nada sobre lo que estaba sucediendo. Sólo me lo pregunté después que pasó. O sea, tarde.

Pitufa dijo...

No siempre el amor tiene condiciones, es decir... existe el amor incondicional, y también las intenciones así, puras, tal cual uno las transmite..
Según mi experiencia, una vez me enamore, de tal manera que perdí el orgullo cuando ese amor dejo de serme correspondido y no me guarde nada, necesitaba hacerle saber al otro que yo seguía ahí, amándolo como desde el comienzo y no pedía nada a cambio, es decir, era consciente de que ya no estaba enamorado de mi, pero no podía por eso guardarme lo que sentía, por lo tanto mis declaraciones y acosos por mensaje no tenían otra intención mas que hacerle llegar mi sentir. Sufrí, bastante.
Creo que me fui por las ramas, que estoy medio dormida y que no llegue a comprender bien tu publicación. Mañana vuelvo a leerla mas lúcida!
Saludos Anto!

Ivianella dijo...

Hiciste dos preguntas importantes a la primera yo contestaría que no, que no se puede querer sin condiciones, que uno condiciona la forma en que quiere a alguien y como quiere que lo quieran a uno también, aunque eso no es condiciona-ble para el otro.
Yo creo que decimos el dicho: lo que vale es la intención, como un consuelo. La intención cuenta para el otro, uno lo hace con un propósito, como Héctor, su propósito era que Virginia le corresponda ese amor que el sentía, no que ella se sienta bien con la carta de amor ¿No? En fin, se me hizo un revuelo de ideas la cabeza.
Es muy linda la forma en que fuiste armando el relato.
Abrazo Anto :)

Mica dijo...

Antes que nada, ME ENCANTA. El amor quizás sea una consecuencia de la vida o puede ir mas allá, tengo mis dudas. sin embargo vivir genera en si la condición de morir Y esto en lo personal nos hace ser exigente tratar encontrar todo aquello que nos haga felices y si el amor no nos hace felices sobreviene la condición de "¿si no nos hace feliz para que estar con el/ella?" o como vos dijiste "Mi intención es quererla pero.. a cambio de que ella también me quiera." Y coincido con vos es inevitable no plantearnos condiciones y mas en el amor, Quizás existen esos amores que pueden darlo todo sin esperar nada a cambio, pero hasta ahora solo los encontré en novelas. Mucha luz, un beso Anto!