martes, 1 de noviembre de 2016

Alunada


me gustan las constelaciones de lunares
que se forman en tu espalda
y en tu hombro derecho
o quizás,
que imagino que habitan
ahí

existe uno
uno en particular
que me mira desde tu cuello
en el abismo que separa
los pliegues de tu ternura
y mis labios que podrían besarla

el tiempo se detiene
en ese punto de encuentro
en el que te miro
y detrás
me mirás vos
o tu lunar

y tu alma.

jueves, 20 de octubre de 2016

martes, 27 de septiembre de 2016

Contemplación

"Pero a veces no hay nada, 
salvo la mirada pura, 
la mirada en que latimos..."
Roberto Juarroz


Se había cambiado de asiento dos veces porque las ventanas del lugar eran tan grandes que el sol inevitablemente se filtraba cada vez con mayor afán. Las cortinas, sucias y descosidas, ni siquiera podían correrse como una cortina se corre. Sólo permanecían inmóviles a los costados de la luz, sin poder tapar ese calor que le hacía acobardar los ojos. 

De repente, los vió entrar como si nada. Hablando, quizás de trivialidades, como hacen las personas que entran a un lugar colmado de gente y quieren evitar tantas caras extrañas mirando a la vez. Uno entra. Tira palabras al aire, clava la mirada en ningún punto fijo, sostiene la puerta hasta que pasa la mujer y encuentra alguna mesa vacía en la que el sol no moleste. 

Se sentaron a cinco mesas de distancia. Hablaban entre ellos y cada tanto largaban una risa de esas que surgen obligadas. Como si ese simple gesto de apoyar el brazo sobre la mesa y la mano sutilmente sobre la mejilla izquierda, sólo sea una hipocresía para demostrar interés. Estaba claro: no se querían. Pensó también que apenas se conocían. Bajó la mirada y siguió envuelta en lo que estaba haciendo: terminar de escribir cuestiones que la psicóloga le había dejado para hacer; un listado de metas y objetivos. "No sé ni que voy a almorzar...", pensó.

En ese éxtasis de inspiración, levantar la cabeza se hace oportuno. Cuando se detenía por un instante, los miraba. Ellos, tan asquerosamente tiernos. Ella, tan asquerosamente sensible. Volvió a concentrarse en sus cosas. Las palabras "metas personales" se repetían en una sucesión de renglones. Largó un suspiro y en ese devenir de segundos ahogados sintió una mirada que la atravesaba. Levantó la vista mientras el sol seguía avanzando casi encima de ella nuevamente. El hombre la contemplaba desde lejos, disimulando claro, para que la fastidiosa mujer que lo acompañaba no se diera cuenta. O se diera cuenta pero no encontrara los indicios evidentes de que él estaba mirando a otra.

Al dar vuelta la hoja se tropezó con los renglones pertinentes a largo plazo. Cinco años es a largo plazo, pensó. Para hoy tenía fideos con salsa de anoche. Eso sí que solucionó. Mientras seguía escribiendo, la desconcertó un halo de perfume espeso y dulce. Tan dulce que pensar en fideos con salsa terminó por revolverle el estómago matinal. Unos pasos de mujer atravesaron el pasillo del lado izquierdo, y un pañuelo de colores se movía al ritmo de esa caminata impetuosa. Miró al costado y vio cruzar a la mujer que estaba sentada junto al hombre. Casi automáticamente sus ojos se posaron en él. Sentado con un vaso en la mano, mirándola sin tapujos, declarándole su amor a la distancia.

Sumergida en esas oraciones que pretendían manifestar sus ambiciones personales, en un abrir y cerrar de ojos, el hombre estaba frente a ella. La miraba con ojos entregados, como quien se rinde ante la misiva de saber que hacía tiempo esperaba ese instante. El hombre apoyó sus manos sobre la mesa. Mientras sostenía su mirada, ella alcanzó a creer que sencillamente no parpadeaba, que de sus pupilas surgía una luz que no podía esquivar.

Sabiéndose atrapada en ese ir y venir que regala una mirada; encontrándose viva; imaginándose mañanas aletargadas por la bienvenida de hallarse; pensándose inocente y culpable ante la víspera de algo que la conmueve; sintiéndose asquerosamente sensible. El mundo se detiene mientras se miran. Como si no hubiera más gente que ellos; como si no importaran ni las cortinas sucias y descosidas, ni el sol atravesando cada ventanal; como si el lugar estuviera desierto de pasos ruidosos y voces que congelan corazones; como si del pasillo del fondo no saliera la mujer que acompaña a aquel hombre misterioso.

Ellos se miran. Y ahí, sobre la mesa, reposan los papeles de ella. Esos que guardan escondidos todo lo que alguna vez supo soñar.



viernes, 23 de septiembre de 2016

El amor, por Lila Biscia

¿no habrá nunca nadie que desee beber nuestras lágrimas? (…)
yo beberé tus lágrimas.
 La obsesión de vivir.
José Sbarra


¿En qué momento dejamos de creer que el amor es posible? ¿cuándo se nos esfumó la ilusión de que podíamos todo, a pesar de todo?
¿Cuándo nos asustamos tanto, que decidimos que la huida es el mejor camino?
¿Qué día comenzamos a mentirnos y a simular que la búsqueda es interminable, solo porque no somos capaces de confesarnos que a nuestras búsquedas, las transformamos en infructuosas  simplemente por cobardía?

¿Algún día seremos capaces de poner nombre a nuestras ausencias, de dibujar el cuerpo del vacío, de llorar hasta desintegrarnos, y sencillamente: desintegrarnos?

¿Qué camino será ante el que no pongamos el propio freno?
¿En qué lugar del mundo nos atreveremos a decir basta: te encontré, no quiero moverme de tu lado? ¿Dónde está la piel que nos reconozca, el cuerpo que al tocarlo sea nuestro descanso, la risa que nos haga sentir en casa?


¿Cuál va ser el beso que nos devuelva la respiración? ¿Dónde está la mano que al tomarla nos salve de ésta jungla, y de la nuestra, y de nuestras propias bestias?

¿Cuándo vamos a ser capaces de decir que nos amamos, sin miedo? ¿cuándo pronunciaremos el amor sin espera? ¿Cuándo seremos lo suficientemente valientes para decir “te amo” sin que la respuesta signifique más que nuestra entrega?


¿Existe quien nos permita darlo todo? ¿Quien se abra desde lo más puro de su carne? ¿Quien no sienta que dar es pérdida? ¿Aquel que nos devore los labios y las palabras y que a pesar de eso, nos deje íntegramente nosotros?


“¿no habrá nunca nadie que desee beber nuestras lágrimas?


yo beberé tus lágrimas.”

domingo, 21 de agosto de 2016

Palabras mudas



Cuando me sentía mal instantáneamente me daban ganas de escribir. No sé bien a quién o por qué, pero necesitaba sacar algo de eso que estaba oculto. Un "algo" que se reducía a meras palabras escritas en algún cuaderno borrador escondido. 

A veces sacaba mis hojas y biromes en el colectivo, o en algún aula de la facultad. Nunca me faltaban las noches de insomnio intentando reflexionar como si eso me diera una respuesta válida. Una respuesta que solucionara la angustia. (Me gustaba llamarlo angustia porque el dramatismo me hacía sentir protagonista de una novela de Nabokov, o de Murakami, o de García Márquez.)

Alguien una vez me dijo que no todo puede ponerse en palabras. Que a veces hace falta el silencio atroz. Y lo adjetivo así, "atroz", porque el silencio no puede ser otra cosa más que eso: cruel e implacable. Después alguien vino a decirme que la ausencia de una respuesta, es decir ese silencio atroz, también era una respuesta. Y ahí fue cuando me dí cuenta que verbalizar era sólo mi manera de vivir, de ver mi aprendizaje diario, de sentir apasionadamente como siempre lo hice. 

Expresarme siempre fue poner en palabras. Poner en palabras siempre fue mi forma de sentir con el corazón abierto, con el alma en pleno vuelo. Así es como veo la vida misma: cantando al aire mis certezas, mis decepciones y mi amor infinito. 

Cuando me encuentro con tus promesas silenciosas, con tu discurso sin brillo, con tus palabras mudas, me quedo pensando en que prefiero mis hojas escritas, mis tachaduras, mis biromes de color que adornan mis ilusiones, mis flechas de idas y vueltas, mis dibujos al margen de la hoja y, sobre todo, la posibilidad de volver a empezar una nueva página.