jueves, 29 de diciembre de 2016

Feliz granizado nuevo


Despedir el año.
Ese cliché barato y sensacionalista. Esa angustia desolada que oprime el pecho. Ese cargamento de ilusión que proyecta exitosos porvenires. Final del juego pero continuidad. Recreo. Instancia de adioses y bienvenidas. Punto final, aparte y seguido. Agenda nueva y libro terminado. Vacío existencial y cómo llenarlo. Hoja abarrotada y dónde escribir. 

Despedir el año es hendija por donde queremos que entre la luz. La luz del renacer y del rehacer. Autoflagelados con nuestras propias convicciones hacemos que todo comience de nuevo. "El año nuevo es una nueva oportunidad", dirán algunos. Casi con atropello, esa palabra -oportunidad- se exhibe en los ojos del mundo, brillando incandescente como las miradas que se detienen en las luces de los fuegos artificiales, y la fiesta, y el brindis, y la sidra bien fría. 

Despedir el año es retroalimentarnos con nuestros propios desafíos. Aprender. Pero aprender de verdad y no creyéndonos dueños y sabios de una verdad enseñada en los manuales saldados. Despedir el año es intentar ahuyentar la indomable rutina que trae aparejada el miedo del repetir. Del estancarse. Del quedarse esperando "la nueva oportunidad". Mientras todas las chances desfilan ante nuestros ojos. 

Minutos antes de brindar y con aquella agitación conmovedora que surge en las reuniones de fin de año, instantes previos a algo que aparece, que llega de manera explosiva, que moviliza y aturde, y hace sonreír y desear, e ilusionar, y amar más aunque no se ame, y tantas otras cosas, los tres deseos cobran su vital importancia. Aunque sólo funcionen como forma de celebrar el nuevo despertar. Aunque sean un gran embuste de la tradición y la costumbre. O por qué no, aunque suenen convincentes para millones de corazones que se ilusionan cuando el reloj marca las doce. Tres. Tres deseos que reúnan en pocas palabras algo de lo mucho que ansiamos. Tres. Que se piensan casi estratégicamente, como reuniendo las mejores posibilidades que tenemos para que nuestro año -el nuevo año- se convierta en uno glorioso. O al menos, no tan mezquino y bastante memorable. 

Para llegar anticipada y no caer en la apurada típica que condena a los más despistados, yo ya los estuve pensando.  Y en ese pensar, mis neuronas hicieron sinapsis en diferentes zonas de mi corteza cerebral. La cosa es que, inevitablemente, imágenes como el tremendo cuarto de helado que me comí a la tarde, lo caro que me salió y la nostalgia por desear comerme otro, convirtieron mis tres deseos en una respuesta repentina e imprevista. Mis deseos son como ese cuarto de helado que te pedís. Te detenés y de manera táctica ideás un plan. Pensás tres gustos para probar más variedad. Le das una chance a ese banana split ostentoso, considerás en saborear la delicia del mousse de maracuyá y osadamente te atrevés por el limón con frutillas. Buscás novedad y excelencia para  alistar un sabor más que no se compare con ninguno. Finalmente, todo es decepción. Al banana split le falta dulce de leche, el mousse de maracuyá oscila entre ser dulce y ácido a la vez, y el limón con frutillas no es ni un gusto ni el otro. 

La existencia del helado termina resumiéndose en un sabor  (y acá es donde me pongo cursi, y emotiva, y romántica, y meliflua, y empalagosa, y todo eso que soy). En ese único. Irrepetible. Inigualable. En ese granizado excelso y sublime que engolosina el alma. Ese granizado que es como el deseo que reúne lo más lindo que podemos tener, y pedir, y sostener a pesar del tiempo. De la distancia. De la vida: el amor.

Derrapé y me fui por la banquina. Pero qué más da. El deseo que reúne lo que quiero para este año es ese: amor por la familia, por los amigos, por nuestro compañero o compañera de ruta, por la pasión de aquello que nos gusta y nos encandila el espíritu. Amor por ayudar, por estar, por ser, por crecer. Amor, que no es poco. Amor, que mucha falta hace.

Sólo me queda por decir: Amen. Amen con ímpetu, con ganas, con desvelo como a ese gusto de helado que pase lo que pase, digan lo que digan y hagan lo que hagan, siempre será el mejor. 



miércoles, 23 de noviembre de 2016

Nuestro cuarto de hora


Siempre me gustó cocinar tartas. Quiero decir, me gusta cocinar tartas y me gustaba cocinártelas. Quizás por herencia familiar, quizás por falta de gusto culinario (decir "culinario" mientras hablo de tartas me parece un chiste), quizás porque no me gusta perder el tiempo haciendo esas comidas elaboradas que llevan horas de organización, horas de preparación y duran apenas unos minutos de existencia. 

Aunque sí, debo admitir que admiro y envidio un poquito a esa gente que prepara grandes manjares apetitosos, con condimentos venidos de quién sabe qué lugar del mundo, con salsas tailandesas y especias turcas. Si las tuviera, las guardaría en frascos y en repisas repletas de más frascos que se caerían a borbotones cuando buscara algo. En comparación, mis especias apenas se arriman a lo que pretendo: unos cuantos frasquitos de mermelada con carteles escritos con mi propia caligrafía. "Orégano", "Pimienta", "Cúrcuma", "Estragón". "Laurel". 

A vos te gustaba que te cocinara. Quizás sentías que alimentaba no sólo tu estómago, sino también tu corazón. O tu espíritu. Mejor dicho, eso es lo que a mí me gustaba pensar. Que cocinando te transmitía el amor que sentía por vos. Ahora pienso que nunca me cansé de imaginar pavadas y cosas tan ridículamente tontas.

Lo cierto es que por más de que nunca fui una excelsa cocinera, siempre supe defenderme. Vos me motivabas a hacerlo. Y eso era un desafío doble: aprender a cocinar y aprender a conquistarte cocinando. Preparar el almuerzo o la cena era mi forma de demostrarte que te quería, que me importabas aunque no te dieras cuenta. Así me las ingenié para tener tu cariño de hombre de buen apetito. No te cocinaba ravioles caseros, pero mis tartas siempre fueron las más ricas del condado. Aunque tal vez te conformabas con poco, yo alardeo igual por si algún alma desolada se enamora de mi cocina "no-culinaria". 

El problema de mis tartas vino después. Cuando (y parafraseando un tema de Fito), pasó nuestro cuarto de hora. Cuando en el ir y venir nos desencontramos inevitablemente. Y las tartas ya no eran excusas para mirarnos a los ojos y charlar, porque ya no había de qué. Lo tremendo de dejar de lado el festín diario fue toparnos con la costumbre de seguir cocinando porque sí, porque teníamos que convivir obligados y en silencio; preguntándonos mutuamente si el otro comía en casa para saber si poníamos la mesa para dos. Y comer una tarta fría que nada tenía de sabroso como aquellas que supe cocinarte cuando te conocí.

Pasó nuestro cuarto de hora pero aún sabíamos reír. Después entendí eso de que la comida rica está hecha con amor.




martes, 15 de noviembre de 2016

Deseo


Lo que daría por un amor oportuno
de esos que llegan
con la certeza
que tienen las cosas simples,
de esos que son especialistas
en robar sonrisas
a la hora de la siesta
cuando la calma
y la melancolía
amenazan con nostalgias venideras.
Lo que daría por tener tu mano
cerquita mío
y ponerme cursi
aunque sepa que soy cursi
y mirar la luna gigante que hay
en esta noche de verano amanecido,
mientras me apoyo sobre tu hombro
y vos me acariciás la nuca
y la luna gigante nos envidia,
celosa.




martes, 1 de noviembre de 2016

Alunada


me gustan las constelaciones de lunares
que se forman en tu espalda
y en tu hombro derecho
o quizás,
que imagino que habitan
ahí

existe uno
uno en particular
que me mira desde tu cuello
en el abismo que separa
los pliegues de tu ternura
y mis labios que podrían besarla

el tiempo se detiene
en ese punto de encuentro
en el que te miro
y detrás
me mirás vos
o tu lunar

y tu alma.

jueves, 20 de octubre de 2016