martes, 25 de septiembre de 2012

Son las cosas del destino


Hay quienes creen en la belleza congénita de las casualidades que atrapan. Otros quizás renieguen de sí mismos intentando darle la mano al destino, dignos creyentes de un estaba escrito intachable. Y por otro lado también están los incurables que se regalan certezas y que terminan llorando en secreto abajo de las sábanas o encerrados en el baño con la canilla abierta.

Si me preguntan, soy socia vitalicia del último grupo. Ato y desato mis nudos atravesándolos por un primer plano que se compone de plenos convencimientos. No hay nada que sea imposible. Al menos para mí. Al menos para mi cabeza. Al menos para mi imaginación.

Me pongo en el papel de abuela con refranes abajo de la manga."Tanto va el cántaro a la fuente, que al final se rompe". Y mi barco de papel se hunde. Mis partículas subatómicas dejan de existir. Y el globo se termina pinchando. ¿La ilusión? Llegó a su fecha de vencimiento, pero no por eso concluye ahí.

Me acecha mi propia certeza. O mejor dicho, mi creencia en la certidumbre. Mi no-espanto a la incertidumbre. Mi fé.

Soy versada en el destino, en las casualidades y en la plena convicción de que las cosas se visten de cambios para mejor. Y es ahí cuando llego al punto de asustarme, de agachar la cabeza y acallar mis ansiedades. No todo está escrito, no todo es el destino, no todo está encuadrado en el perfecto convencimiento de las cosas hechas a medida. Aún así: nada me parece inverosímil.

Los escalones indomables que cuesta arriba parecen no tener fin me motivan a saltar. Cara o cruz, la suerte está echada.




miércoles, 5 de septiembre de 2012

Un solo corazón

 
Siempre estuve segunda en la fila. Quiero decir que desde mis más simples recuerdos, el primer, segundo y como mucho tercer puesto dentro de la tan insoportable hilera escolar que tanto me castigaba, estaba dedicado para mí. Siempre había alguna otra que era 2 cm más bajita (juro que lo medía con la vista y la intuición.)

Debo medir lo mismo hace más de la mitad de los años que tengo ahora. La genética me regaló una altura digna de tacos, pero me la banco con todas las letras. Lo que no me banco son los apodos, pero eso es otro tema.

Desde esa vista anti-panorámica en donde el segundo puesto era mi lugar, tenía una especie de recompensa, un premio consuelo que tenía las cuatro letras más lindas del universo: Blas.

Be-ele-a-ese. Lo nombraba siempre, era casi como pronunciar una letra entera. Blas era EL chico del curso. Siempre charlatán, siempre simpático y... siempre lindo. El típico rubiecito bonito con sonrisa que enamora y que siempre, pero siempre, busca chicas más grandes con las cuales alardear.

Yo no entraba en ese paradigma de "Chica grande". Ni por la edad ni muchos menos por la altura. Anto era la chiquita, la menudita. Confortaba mis ánimos simplemente con la presencia que me brindaba el hecho de que él fuera casi de la misma altura. En la fila éramos pareja, éramos A y B, rubiones, bajitos, casi novios, pretendientes, futuros esposos. Lástima que él nunca lo supo.

Jugábamos al tan famoso Poli-ladrón, mientras ponía en práctica mis inocentes armas de seducción. Las más diosas se soltaban el pelo, se pintaban las uñas y corrían como princesas despampanantes en un mar de mocosos rebeldes. Yo tenía dos estrategias: Cuando era policía, corría lo más rápido posible, hasta que el corazón me quedaba temblando. Blas era mi presa, sin duda alguna, y de esta forma podría admirar mi velocidad innata. Cuando era ladrón, me dejaba atrapar por mi secreto novio que siempre era solicitado por alguna metida. Así pasaba mi recreo.

Al final del día, mi mochila, carrito en ese entonces (gracias al señor ya casi no se usan), rozaba sus manos. Blas me ayudaba a llevarla cuando el aparatejo se interponía entre nosotros. Mi mano derecha y su mano izquierda iban juntas, se acariciaban tímidamente, mientras yo estaba a punto de proponerle matrimonio.

Toda la primaria enamorada del mismo. Llegó a raparse. Llegó a convertirse en un pelado de 8 años. Y Blas seguía siendo pretendido.

Me fui del colegio, me cambié de ciudad, de lugar, de espacio y de vida. Crecí, por supuesto. No sigo siendo una púber con moños en el pelo, pero sigo teniendo un itinerario completo de más historias como ésta. Voy plasmando ilusiones en pedacitos de Blas que se cruzan, sin darme cuenta que lo que verdaderamente me atrapa, sólo puedo percibirlo en la incertidumbre.

El misterio es mucho más interesante que la imaginación. Y así se da.


domingo, 26 de agosto de 2012

De elegancias y complicidades

Siempre tuve la certeza de que una de mis abuelas era una especie de ying y yang, de blanco y negro, de Branca o Vittone, de Gandalf o Dumbledore, de Hegel o Kant con respecto al resto de las abuelas existentes en éste y otros planetas.

La Abuela Chiqui no es abuela. Es madre, amiga, confidente, cómplice, lo que se quiera menos abuela. Pero no por el rótulo y la labor que implica ser una abuela con todas las letras, sino porque mi abuela podría describirse con  una palabra que siempre tiene un gustito distinto según el contexto: ESPECIAL.

Ser especial es ser algo que otros no son, es ser distinto, es contrastar con el resto y dejar demostrado de esta manera la excepción que rige la regla. Y por ser especial es que tuve que encontrarle un sobrenombre que se distinguiera: La Chicha.

Desde que tengo memoria la Chicha siempre estuvo impecable, una vez que se levanta y hasta que se va a acostar. Se maquilla, se peina, se viste de punta en blanco. Coqueta y presumida, huele a perfume y a cremas de todos los modelos, tipos y patrones. Baila el ritmo que le pidas, se emociona con el tango y no duda en salir a la pista cuando empieza la música.

Encuentra el fin del mundo en una lluvia con granizo y se brota de miedos cuando no le atiendo el celular.  Puede cebarme tres termos de mate sin chistar y llenarme la panza en una tarde con más de lo que como en una semana.

No sólo ella es sinónimo de pulcritud y prolijidad, los rincones de su casa están amoldados a su personalidad de inquieta, de mujer con carácter y temperamento.

Hace veinte años que vive sola en un lugar del que sus tres hijos ya partieron. La Chicha se convierte en pintor, en plomero, en albañil. Siempre y cuando pueda arreglarlo, lo hace. Admiro sus ganas y su fortaleza. Aunque debo declarar que me siento incapacitada totalmente para lograr entender cómo hace para levantarse de lunes a viernes a las 7 de la mañana, caminar 10 cuadras e instalarse en el gimnasio. Pequeñas incógnitas de la vida.

-Ayer me silbaron en la calle... ¡Todavía levanto!- me dice mientras se ríe.

Y nos reímos las dos, juntas, como otras tantas tardes en que la voy a visitar. La miro y muero por decirle que no le tema al tiempo. Que la vida se vive disfrutándola. Y que nunca se olvide de que la quiero así. Como es. Especial.
  

lunes, 20 de agosto de 2012

Luces en la noche



"La vida es eso que pasa mientras esperás que el corte de luz se termine". Eso pensaba mientras me llenaba de velas al mejor estilo santuario después de un corte de luz totalmente inesperado (¿qué corte de luz es esperado?) y en compañía de un silencio muy poco alentador.

Me arreglé con velas que tenía de casualidad, sin linterna, con una línea de batería en el celular que amagaba por apagarse y con una caja de tres míseros fósforos. Lindo momento apto para divertirse y llorar de felicidad.

Algo tan común como la luz cobró mayor sentido para mí en las últimas horas. Resulta obvio y hasta casi irrisorio: conozco dónde vivo, conozco la ubicación de las cosas, sin embargo, no puedo moverme tranquila. El tanteo constante, la inseguridad que implica no saber dónde pisar, dónde buscar, dónde encontrar.

Era la luz la que me acompañaba cuando estaba sola. Leyendo, haciendo ruido, estando presente aún sin que yo lo notara. Es la luz la que me levanta, la que hace que la noche se convierta en algo pasajero cuando no hay planes que seducen.

Quizás el hecho está en que si nos acostumbramos a algo, perdemos esa capacidad de asombro, ese sentimiento de estupor que nos hace tener una valoración de las cosas que contemple mejor lo que nos pasa.

Y probablemente esto también nos sucede en otras tantas, tantísimas situaciones de la vida. La cotidianeidad de tener tanta luz nos ciega de tal manera que cuando nos falta, sólo podemos esperar a que vuelva... otra vez. (Y que sea pronto!!)


lunes, 30 de julio de 2012

Abolir el tiempo, volver atrás





Volví de un viaje que me atrapó por completo. Fue en ese trayecto que implica la vuelta donde mi cabeza se quedó en parálisis, donde la regresión a los pequeños días tan inmensamente lindos fue inevitable.

Siendo bien egoísta: el tiempo no me alcanzó. A nadie le sobran horas de paz y tranquilidad. Para mí que vengo de ciudad en ciudad, en donde el mayor alcance de calma está en una costanera repleta de gente, creo que esto fue de otro mundo.

Doce horas completitas de viaje. Llegué con un buzo abrigadísimo y un gorro de lana: ¿Quién me mandó a ignorar el pronóstico del tiempo? Bienvenidos al clima digno de pileta, ojotas y tereré, mientras en mi bolso asomaban bufandas y  por poco no había orejeras. Tuve que arreglármelas: anduve durante la semana con remeras que había llevado de casualidad. Dos eran de piyama, no quedaba otra.

La humedad del clima, el olor a esa tierra colorada que se adhiere a la ropa, la vegetación en desarrollo, calor, sol, lluvia y así, infinitamente.

Conocí Wanda, el lugar donde nací. Volví a mis raíces, me sentí completa.

Fui testigo de ese lado que muchos ignoran: chicos exigidos a trabajar, sin poder disfrutar de su niñez, sin tener derechos sólo obligaciones. El mundo que no queremos ver está apenas a unos pasos, mientras nos preocupamos por cosas tan insignificantes que al rato pasan a ser completamente inexistentes.

Sus caritas de ilusión forman una imagen guardada con tinta indeleble. Si hay algo que tienen bien presente es la valoración de las cosas. Encuentran la felicidad en pequeñas cuotas, en lo simple y en lo sencillo. En tener como despertador un sol enorme y en sonreír aún en los momentos más difíciles caminando descalzos en libertad.

Quien fuera como ellos.