lunes, 16 de marzo de 2015

La del antifaz


Entre miedos e incertidumbres se escondía mi deseo ineludible de tener un perro. Uno de esos para abrazar mucho, para que me espere anhelando mi regreso a casa y me saque a pasear todos los días.

Me decidí. Ya no podía esperar más. El 15 de marzo de 2014 fui con dos amigas que me acompañaron a la plaza Pringles de Rosario. Los fines de semana se pueden adoptar perros y cachorros de la protectora. Quería sentir que estaba haciendo algo bien, que salvar una vida era algo que nada podría igualar. La elegí a Nina un 15 de marzo, mientras un ápice de egoísmo se escondía dentro mío por quedarme sólo con una y descartar a las demás. Haya sido suerte, destino o casualidad, ahora, cada vez que estoy lejos de casa, deseo volver para tener el honor de ver bailar su rabo mientras me mira sonriente (porque los perros también sonríen.)

Nina me entiende. Sabe presagiar mis estados de ánimo. Me acompaña como nadie supo hacerlo, en silencio, con su cabeza en mi falda y con unos ojos que dicen más de lo que podría decirme cualquier persona. Su energía me traspasa y me reanima. Cuida mis noches taciturnas para enseñarme que no hacen falta las palabras para querernos con ese cariño que sólo la sinceridad regala. Con Nina duermo tranquila; ella vela por mis sueños. Y la mañana se convierte en el mejor momento del día cuando se agazapa para saludarme y llenarme de besos.

A veces me hace enojar. Cuando viene gente a casa no puede evitar emocionarse, correr, saltar, sacarme la paciencia. Después la miro y la quiero como siempre, porque así es ella: una cachorra hiperactiva. Cuando vamos al parque se revuelca en el pasto (más de una vez quedó negra por ser blanca), mientras vigila de reojo mi reacción con una cara de provocación que me dice "mirá lo que estoy haciendo". La reto y corre. Corre y se le vuelan esas orejas dobladas que tanto me gustan. Persigue a los pájaros, sus únicos amigos. Con los perros por ahora no hay forma de socializar.

Es aficionada a los masajitos en la panza y a los huesos de juguete. No le gusta que le toquen la cola; si de respeto se trata, los atrevidos le caen mal. Suele encontrar los momentos más oportunos para reclamar atención: cuando estoy instaladísima estudiando es el instante justo para asomarse sobre mis apuntes y mirarme con el hocico alargado y unos ojos repletos de lástima.

Si hay algo que aprendí es que la vida se resume en este eterno presente: un presente que incluye historias pasadas y proyectos futuros pero que se mantiene latiendo con lo que somos hoy. Acá, ahora, en este día, soy el amor que recibo. Y mi perra es parte de este capítulo de mi historia. Quienes tengan o hayan tenido mascotas sabrán de lo que hablo. El daño y el abandono que sufren muchos animales es algo que no puedo entender. ¿De verdad hay gente que no se conmueve con sus miradas de tristeza, sus cabezas gachas como implorando cariño y su terrible agradecimiento aún hacia la más tímida de las caricias? No puedo evitar estremecerme cada vez que conozco historias de animales que son víctimas del desamparo. Jamás los subestimen; jamás rechacen el poder que tienen para hacernos felices. Para cobijarnos con un amor eterno e infinito.

Sin duda, si retrocediera el tiempo al 15 de marzo del año pasado, volvería a elegirla. Volvería a quedarme con Nina, la glotona, la juguetona, la excesivamente cariñosa y enérgica.

-¿Querés la del antifaz?- me habían preguntado.
-Sí, la del antifaz con rabo que está dormida.

Bastó un segundo para saber con certeza que en ese momento en el que me asomé a la jaula, me estaban presentando a mi gran compañera; aquella que estaría junto a mí pase lo que pase. Aún cuando viajo y no puedo verla, ella permanece en mi alma. Gracias, Nina. Tus ojos me agradecen esta unión todos los días. Yo no te salvé. Fuiste vos quien me salvó para siempre.






lunes, 12 de enero de 2015

Pero vos, por favor, no te vayas

"...más que ninguna otra cosa, ella me daba la mano, y eso era amor..." 
M. Benedetti



En este momento estoy sentada en un nuevo lugar. Cambiamos, nos mudamos, mutamos y volvemos a empezar en una jungla de edificios que me acorrala desde la ventana. Siendo un poco jactanciosa, no fue nada fácil. Nunca es fácil. Atrás quedan un montón de sitios conocidos, de rutinas, de personas que se aproximan a nuestro mundo para hacerlo más bello.

Así le pasó a mi hermana que conoció a Ezequiel hace dos años y se enamoró. Ambos eran estudiantes del mismo colegio, del mismo año, del mismo curso. Como soy una romántica empedernida me gusta pensar que sus almas estaban destinadas a encontrarse, o algo así. Siendo la hermana mayor, la cuestión fue que antes de conocerlo ya estaba celosa. Mis celos no eran consecuencia de la relación entre ellos, sino el resultado de darme cuenta que entre tanto ir y venir, entre tanto paso del tiempo, entre muchos días sin ser mirados como lo ameritan, me dí cuenta que mi hermana creció. Y en ese avance de vida, me costó distinguir a la niña que era cuando iba al jardín con su pelo carré, de esa que es hoy, con su carácter y su temperamento. Con sus aires de diva y sus momentos de ternura. 

Un día antes de la mudanza, Ezequiel decidió esperar cada hora previa a la partida junto con mi hermana. Nunca voy a olvidar los ojos de él, llenos de tristeza y desazón, quizás deseando que el tiempo se detuviera. Que los adioses no existieran. Que nunca fuera mañana.

Cuando los miré antes de irnos, comprendí que no importa la edad, el sentimiento del amor es incomparable. El hecho de querer que la otra persona esté compartiendo momentos con nosotros,  ahora, en este presente eterno, es algo digno de celebración. Ellos se quieren con ese cándido amor juvenil que despierta mil sensaciones a la vez. Se quieren con esa armonía que refleja la sinceridad, la dulzura, la simpleza de acompañarse. 

Esto de partir es arduo e intrincado porque cuando se ponen en juego los sentimientos, el apego hacia alguien que queremos mucho (porque está claro que no somos entes frívolos ni máquinas superficiales que dejamos de lado el afecto) nos anuda el corazón. Lo que queda es la perseverancia del amor que está lejos, pero está. No importan las dudas y las incertidumbres porque lo más valioso es seguir deseando que el otro nos espere. O nos reencuentre. 

En tiempos donde muchos dejan el amor para después, en tiempos en donde quererse con sinceridad es sólo para unos pocos privilegiados, celebro el amor. Lo celebro así, llorando abrazada con mi hermana, porque yo también amo y me pongo en su lugar. Yo también quiero que se corran más riesgos cuando se trata de querer. Por eso, aún en la distancia, que el amor, por favor, no se vaya.


Como dijo Mario Benedetti:

"... estábamos estamos estaremos juntos
a pedazos a ratos a párpados a sueños..."












-dibujo por Troche
(portroche.blogspot.com)

viernes, 28 de noviembre de 2014

Del amor y otros demonios


Por ahí escuché un silbato. Unos gritos de fondo que se mezclaban con esa angustia que da ponerle un punto final a algo. "Esto debe ser lo que uno siente cuando se apasiona", me dije. Estaba temblando mientras un cúmulo de lágrimas me empezaron a salir de adentro. De mi pecho, de mi alma, de mi corazón. Lloraba sin saber por qué, amando a más no poder algo que no era tangible, que sólo podía descubrirse entre dos colores que conozco desde que abrí los ojos para percibir la luz. 

Lo descubrí: estaba llorando de tristeza. De esa tristeza que otorga la desilusión, ese globo que se pincha de repente. Ahí estaba yo. Sintiéndome una idiota por llorar de esa forma. Mirando la pantalla mientras todo se nublaba por las lágrimas. Qué patético llorar por esto, pensé. Me imaginé en el podio de la gente que no encuentra motivos por qué llorar y llora por cosas inexplicables. Y no. No estaba llorando nada inexplicable. No estaba mariconeando por el resultado de un partido. Estaba emocionándome por querer así, por tener un sentimiento inmenso hacia algo que no puede comprenderse. 

Cuando era chica siempre fui una ferviente fanática del gran equipo de mis amores. Padre se encargó de regalarme esa herencia. Tenía ocho años y mi frenesí era enorme. Me sabía la formación entera, tenía la camiseta firmada, miraba todos los partidos, me enojaba, me indignaba, me emocionaba.... en fin, amaba con pasión. 

Pasó el tiempo y me aflojé. Nunca creí en esa violencia que genera el fútbol y hace que todo se tiña de un odio extremo. Parece increíble pero cuando uno ama con ganas... termina odiando con mayor avidez. Y ahí, en esos extremos, jamás me gustó estar. Acá no se convence de nada, acá se alienta. Los discursitos tontos intentando generar aversiones, los regalo. Además, creo que también sentí esa exclusión por la que casi irremediablemente (y es triste que sea así) pasan las mujeres. "Vos sos minita, salí de acá. No podés opinar". Por suerte, en mi casa las puertas siempre estuvieron abiertas para escucharme preguntar por un off-side.

No pensé nunca escribir sobre esto. Más que nada porque la pasión es algo tan inexplicable que intentar ponerlo en palabras, para alguien que no lo siente, es un acto frustrante. Sería en vano intentar llegar lejos. Yo amo. Amo un sentimiento que no tiene razón pero que es inmenso. Amo esto que me pasa cuando veo entrar a mi equipo a la cancha, y las banderas bailan y la gente canta emocionada, grita, palpita, tiembla, late. Amo un legado, una tradición, un sentimiento que tengo desde que nací. Grito un gol y me abrazo con mi papá. Y a él le debo esto. Gracias por hacerme hincha del más grande para mí. 

Para mí, sólo para mí. Porque para el hincha de Nueva Chicago, de Huracán, de Racing, de River... su equipo siempre va a ser el más grande. Y a mí eso poco me importa. 

Hoy estoy triste pero emocionada. Me quedo con las ganas del triunfo pero nada puede hacerse más que saber aceptar la derrota, bancarse las cargadas y todo lo que viene después. Al amor no me lo saca nadie. Creo que esto tiene de apasionante querer algo con tanto ímpetu: el sentimiento crece, aumenta, se infla tanto como esa ilusión que tenía antes de comenzar. Y me gusta que sea así porque los malos tragos existen... pero las revanchas también. 


lunes, 20 de octubre de 2014

Poder decir adiós




Un día antes de irme nunca podía dormir. Mis ansias por volver se mezclaban con la nostalgia de dejar este rincón del mundo que era mío, sólo mío. Así esperaba que el sonido del despertador iniciara oficialmente los últimos minutos en la ciudad para partir con rumbo hacia otra. 

Después de cerrar el bolso a todo pulmón, bajaba los escalones con un alma deshabitada que me pesaba en los hombros, en las rodillas y en el corazón. No había otra forma de sentirme. La soledad inoportuna que me persigue, embiste contra mí y me pisa los talones constantemente se convierte en mi sentencia.

El trayecto era siempre el mismo. Las avenidas y las callecitas pasaban desapercibidas en mi mente volátil y enajenada. Sólo podía pensar en el largo recorrido que me quedaba por delante; en las largas horas de espera sin hablar con nadie. Deseando llegar. Deseando quedarme ahí. En un lugar o en el otro, y no en esa mitad perturbadora e inquietante. Siempre odié los equilibrios, los grises, los entretiempos. Yo sólo quería un extremo. Quería dejar de ser nómada para convertirme en sedentaria y no tener que lidiar con la vida a larga distancia. Hasta me dí el lujo de pensar que nadie que no viviera lo que yo estaba viviendo podía entenderme, podía sentir un poco de lo que se siente deambular como itinerante. 

Los semáforos pasaban uno tras otro como en una película que avanza sin ánimos de detenerse. Ahí estaba yo; sentada en el asiento de atrás, pensando en lo lindo que se siente estar en casa. Pensando en lo horrible que son las despedidas (y en que definitivamente no deberían existir.) Gustavo yo te quiero, me gustan tus canciones, pero poder decir adiós no es crecer, es una cagada.

 La espera de subir al colectivo se hace eterna. Las lágrimas se amontonan en un rincón interno del pecho, intentando no sublevarse para salir airosas de una situación triste. El saludo previo a arribar es siempre con premura; no sé por qué los adioses son breves, como si nos costara enfrentar el vacío que nos deja la partida. Subo despacio, sin querer despegar los pies de este suelo que me acerca a los que más quiero. Miro por la ventanilla y los encuentro sonriendo, abrazados como siempre los pienso. 

Es ahí, en ese instante efímero, cuando una mano se agita dulcemente mientras un motor arranca y el colectivo hace marcha atrás. Es ahí, en esos segundos inmortalizados en mi alma, cuando miro dos rostros emocionados que me despiden y me susurran: Buen viaje, mi vida





-dibujo por Troche
(portroche.blogspot.com)


martes, 14 de octubre de 2014

Mejor no me quieras


En un espacio definido por pocos metros, estamos condicionados. Condicionados a que nos conozcan sin tapujos, sin demasiadas vueltas ni pretextos. Condicionados a que, casi irremediablemente, salga a la luz el huracán del que formamos parte. Suelo encontrarme con circunstancias como éstas, en donde me miro con alguien de cerca, bien de cerca. A veces me sorprendo de cuánta luz puede irradiar una persona que habla y se ríe como si cada segundo fuera único; otras, me indigno y después escribo...

En un colectivo que partía de Rosario a Mar del Plata, me encontré como tantas otras veces arrastrando mi bolsito y llevando a cuestas muchas ganas de abrazar a mi familia. Subí, me senté, me tocó el lado del pasillo, divino. Al rato llegó una pareja con todos sus petates, hicieron el mismo ritual que yo, hasta que encontraron su lugar frente al mío. Todo iba bien hasta que la voz del hombre me empezó a molestar un poquito. Un poquito bastante. En un promedio de tres palabras por segundo, este tipo hablaba, hablaba y cansaba. El momento exacto en el que giré al costado para mirarlo fue cuando su alegato eterno se empezó a convertir en un discurso ególatra y agresivo. Las palabras fluían de su boca como un sinfín de sermones en donde el único que tenía razón era él.

La pobre chica que lo acompañaba, sumisa y callada, sólo asentía porque, imagino, era la única forma de pasar desapercibida después de que su pareja la trató y la maltrató como quiso. 

-¿Ves que no sabés nada? Si no servís para nada. El que estudió acá soy yo. Vos no podés pensar, no podés opinar porque no sabés nada...

Mientras intentaba leer como podía y salteaba renglones del libro buscando concentración, no podía dejar de escucharlo. Era paralizante. Todo lo definía con quejas espantosas que salían de su boca constantemente. "No digas así, no hables así, ¿por qué tenés que ser así?"

Yo me pregunto, ¿qué hay que hacer en estos casos? ¿Qué hay que decir, qué hay que pensar? O mejor dicho, ¿qué hay que esperar? La bronca que empezó a surgir dentro mío fue en aumento. Después de que el aire acondicionado se rompió y una horda de voces vinieron del más allá para quejarse y arremeter contra la empresa, diciendo las mismas pavadas de siempre, se empezaron a descomponer un par. Por supuesto que el grandísimo idiota no perdió el tiempo y le pidió al chofer si podía bajar al piso inferior. "Yo bajo, total mi señora se queda acá. Que se la aguante ella..."

¿Es posible que alguien así se sienta"muy macho" por creerse superior a todo? Tan chiquito debe sentirse su ego al lado de la tremenda mujer que tiene que, obvio, la única solución es inflarlo. Por eso la maltrato, la puteo, la hago sentir inservible. Un cero a la izquierda en un mundo de números infinitos. ¿Cuándo será el día en que hombres y mujeres puedan convivir en igualdad? Con esto recuerdo el inmenso discurso que dió Emma Watson  en la ONU. "Es hora de que veamos a los géneros como un conjunto en vez de como un juego de polos opuestos", dice. Son increíbles sus palabras, abarca todo lo que debería esperarse de las relaciones entre ambos sexos. 

Pasé más de ocho horas deseando no volver a escuchar ninguna voz. Sigo pasando horas deseando que esa pobre mujer deje de estar al lado de un imbécil que no sabe lo que es quererla. Porque yo, como mujer, pienso: Si me vas a querer así, no te gastes... mejor no me quieras.