En el medio de una clase apunté el texto "Las palabras violadas" de Julio Cortázar. Recomendación del profesor.
Lo registré por el título y por el autor, dignos de mención. Llegué a encontrarlo en un blog de pura casualidad y me sentí tan absorbida que no pude menos que transportarlo. Para quienes estén interesados pueden leerlo acá.
El texto en sí refleja la pura realidad que se vivió y se sigue viviendo. No es mera coincidencia que las palabras de don Julio sigan teniendo un sabor exclusivamente actual en esta sociedad de palabras gastadas, enfermas y hasta en desuso.
Increíble cómo contagian los textos, excediendo la magia que conlleva la infinidad de voces, la proclamación del espíritu que va de la mano de verbos, de expresiones, de mundos. Cada discurso es una promesa, un juramento que atestigua lo ficticio y lo real.
En esa agitación constante es donde encuentro (como Cortázar encuentra en los discursos imperialistas o fascistas) "palabras que terminan por agotarse, por perder poco a poco su vitalidad".
Basta darnos vuelta. Basta prestar atención, mirar alrededor. La palabra te quiero como sinónimo de pactos acuartelados, de baratijas de amores descartables en terapia intensiva. He llegado a conocer personas que con un te amo arreglan hasta la más larga lista de angustias y reproches.Un pequeño ejemplo que nace en escenas incrédulas y desemboca en un diccionario completo de palabras que salen por inercia, por obligación y sin el mínimo interés.
Para regalar o ser deleitada con palabras manchadas de mentiras prefiero quedarme sin obsequio.
Quizás por eso alguna vez Borges proclamó: "No hables al menos que puedas mejorar el silencio."
Quizás por eso alguna vez Borges proclamó: "No hables al menos que puedas mejorar el silencio."